Las elecciones presidenciales en Honduras, de este 30 de noviembre de 2025, se han visto ensombrecidas por la intromisión de Donald Trump, quien ha intentado influir en el resultado a favor del candidato Nasry Asfura del Partido Nacional.
Esta intervención no solo ha generado controversia, sino que también ha expuesto las tácticas de injerencia que Estados Unidos ha empleado históricamente en América Latina, siguiendo un patrón similar al visto en países como Venezuela y Colombia.
Trump, al respaldar públicamente a Asfura y amenazar con suspender la ayuda estadounidense si su candidato no gana, tal como lo hizo en Argentina, ha interferido directamente en un proceso electoral soberano. Esta acción no es aislada; forma parte de una larga historia de intervencionismo estadounidense en la región, donde se ha priorizado la promoción de intereses geopolíticos y económicos por encima de la democracia. En Venezuela, por ejemplo, Estados Unidos ha apoyado activamente a la oposición contra el gobierno de Nicolás Maduro, imponiendo sanciones que han exacerbado la crisis humanitaria. En Colombia, la influencia estadounidense ha sido evidente a través del apoyo a políticas de seguridad que a menudo han ignorado las necesidades sociales y han perpetuado conflictos.
En Honduras, la intervención de Trump no solo ha sido inoportuna, sino también hipócrita. El Partido Nacional, al que pertenece Asfura, está ligado a Juan Orlando Hernández, ex presidente actualmente encarcelado por narcotráfico y que podría ser indultao por Trump. Apoyar a un partido con tales vínculos mientras se pretende combatir el narcotráfico revela una contradicción flagrante. Además, esta intromisión ha generado desconfianza en el proceso electoral, alimentando acusaciones de fraude y violencia política, como los recientes homicidios de candidatos del partido Libre.
La postura crítica hacia este intervencionismo es necesaria. La soberanía de los pueblos latinoamericanos debe respetarse, y las elecciones deben ser decididas por los ciudadanos, no por potencias extranjeras. El miedo de Estados Unidos a que gane una candidata como Rixi Moncada, quien representa un proyecto de izquierda con políticas de inversión pública y reducción de la pobreza, evidencia una agenda que protege intereses elitistas y económicos tradicionales, en detrimento de la transformación social.
La intervención de Trump en Honduras no es más que un capítulo adicional en la historia de injerencia estadounidense en América Latina. La comunidad internacional debería condenar estas acciones y apoyar la autodeterminación de los pueblos, para que las elecciones en Honduras y en toda la región sean verdaderamente democráticas y soberanas.


